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¡Ahora me tocó a mí!

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¡Ahora me tocó a mí!

Por Max Montilla

montillamax@gmail.com

 

Pido disculpas a mis lectores, pues el tema de esta semana era acerca de mis propósitos del 2018, pero me siento en la obligación de compartir esto con ustedes, para que anden con más cuidado en las calles y no sean ustedes que deban de contar este testimonio:

Todos sabemos del problema de la delincuencia que está afectando muy fuerte a nuestra sociedad dominicana. Que la ola de robos y atracos van en una espiral creciente y es un problema que nos afecta a todos.

 Creo que, en la sociedad dominicana, son pocas las familias que pueden contarse que han sido libres de un atraco o robo.

¡Ahora, me tocó a mí!

Les cuento como sucedió. Madrugada del jueves, 5:40 am, mi hija más grande inició la universidad, como es “primeriza”, le tocaron materias a las 7:00 am en el campus universitario. Debe levantarse temprano, para evitar la cantidad de personas que a esa misma hora se están yendo para sus diferentes diligencias, incluyendo a otros universitarios.

 Salí a llevarla hasta la parada más cercana de guaguas, llegamos más o menos a las 5:25 am, ella abordó una guagua de transporte público y se marchó, yo debía retornar solo hasta mi casa (debo decir, que en el barrio donde vivo, es uno de los pocos sectores  tranquilo que quedan en la capital). Así lo hice, mientras venia meditando acerca de un versículo bíblico que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza (Salmos 17) les confieso que me distraje en el camino.

Cuando de repente, veo esos dos motores con cuatro jóvenes, el primero que se me acercó se tiró de la motocicleta y me revisó de inmediato la cintura y los bolsillos traseros, el otro que venía en el segundo motor, sacó una pistola y me apuntaba. Yo bajé la cabeza y levanté mis manos.

Esos ladronzuelos, eran jovencitos, por la forma de hablar y de manejarse, se llevaron mi cartera, con todos mis documentos, tarjetas de banco e informaciones valiosas solo para mí. No tenía dinero en efectivo, porque como hace varios meses que no estoy laborando, no manejo o manejo muy poco dinero en efectivo.

 Les confieso que la impotencia y el susto me marcaron ese día, solo me bastó con darle gracias a Dios de que la situación no haya sido peor.

 Solo me quedé pensando, ¿A quién debería culpar, a los jóvenes, a los padres de esos jóvenes, al Gobierno o a mí por estar tan absorto a la realidad? 

 No sabría a quien culpar, lo que sí sé es que estoy agradecido de Dios por haberme cuidado de que la situación haya sido peor y ahora vivo con más cuidado cuando tránsito por las calles.

 ¡Ahora me tocó a mí! Ruego a Dios que no le toque a usted ni a otra persona que conozco. Solo me resta por decir ¡Dios mío, acompáñanos y guíanos cada vez que salgamos a nuestras peligrosas calles dominicanas!

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