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Crisis y nuevo ciclo en la política dominicana

Por: Sabala Ricardo Yen

sabala95@outlook.com

 

Una de las frases más contundentes y lapidarias en la filosofía la constituye “lo único constante es el cambio”, de Heráclito de Éfeso. En ella encierra una verdad irrefutable que ni la mente más incrédula no se atrevería a contradecir. El cambio es la constante, es lo que está en movimiento, nada es para siempre y, en consecuencia, cualquier proceso humano es cíclico.

En la historia política de     América Latina se han dado varios fenómenos muy particulares en torno a organizaciones políticas con vocación de poder que rigieron los destinos de esas naciones a su imagen y semejanza.

Uno de los casos más tangibles lo constituye el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México, fundado en 1929 y que durante 70 años (1930-2000) se convirtió en el partido hegemónico con el control absoluto de todas las instancias de poder, hasta el año 2000   cuando se produce una ruptura política  con el ascenso a la presidencia de México  del empresario Vicente Fox,  por el Partido  de Acción Nacional (PAN). Fox se convirtió en el primer candidato presidencial en ganarle al PRI, una verdadera maquinaria económica-electoral. Así empezó el nuevo milenio mexicano.

Por otro lado, en Paraguay el Partido Colorado ha sido el partido dominante en la vida política de esa nación por más de 60 años en  la cima de la dirección del Estado de manera ininterrumpida hasta el año 2008, cuando un sacerdote atípico y miembro del movimiento “teología de la liberación”, Fernando Lugo, se alzó con el triunfo electoral  y una vez  en el   gobierno implementó una serie de medidas de  corte progresista, pero su mandato presidencial fue interrumpido por un juicio político en el 2012.

Los partidos hegemónicos no solo tienen presencia en América Latina. En otras latitudes del mundo como Japón, una organización política es dominante, estamos hablando del Partido Liberal Democrático, organización que se ubica en el espectro ideológico centro-derecha, ha gobernado Japón casi de manera ininterrumpida desde 1955 hasta la fecha, pero ha tenido cuestionamiento por parte de una clase media muy fortalecida.

La República Dominicana no ha sido la excepción, el Partido de la Liberación Dominicana ha sido la organización política dominante. De los últimos 20 años de vida republicana ha liderado el proceso de transformación económica y social, aunque ese modelo de desarrollo ha sido muy cuestionado por su incapacidad de disminuir las brechas sociales y la solución de un solo problema estructural de la nación. El PLD ha sido el partido más exitoso en términos electorales, por vía de las elecciones obtuvo  el cuasi control de las instancias de poder y a su vez ha creado una clase empresarial que compite de tú a tú con el empresariado tradicional,  de modo que el control del Estado ha sido una fuente de acumulación originaria.

El PLD se perfilaba ha seguir gobernando el país, de hecho, quien fue su antiguo presidente, Leonel Fernández, vaticinó que esa organización conduciría la nación hasta el bicentenario de la independencia nacional, es decir, hasta el  2044. No obstante, el fraude efectuado en las primarias  del 6 de octubre pasado provocó la salida del hombre que había protagonizado las victorias electorales, cuyos éxitos les  garantizó movilidad social ascendente a esa cúpula de dirigentes, las contradicciones en el seno de ese partido trajo como consecuencia la división, y si hacemos un repaso histórico breve y una suma simple, un partido dividido no gana, en adición con un candidato que en si mismo no tiene contenido y cuya candidatura descansa en el todopoderoso presupuesto nacional. La salida del PLD es inminente, por un lado, Leonel Fernández, que con su liderazgo y base social de apoyo sólida forzará a una segunda vuelta. Sin duda hay un tranque político y con doble seis afuera.

Finalmente, debo indicar que el 2020 es el año de las crisis y le tocó al PLD. Este   nuevo escenario vislumbra una renovación en los partidos políticos y nuevos actores se asoman a la conquista del poder, por lo que estamos en presencia de un nuevo ciclo político en la República Dominicana.

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