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HABLANDO CON EL SOBERANO

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Gobernabilidad en el cambio de época

Por Max Montilla

montillamax@gmail.comX

 

Tras el cambio cultural profundo al que asistimos expresado en distintas manifestaciones de la ciudadanía a nivel mundial, en especial en Occidente, cabe observar el requerimiento por una mayor accesibilidad a la toma de decisiones políticas a nivel general y por cierto local.

En dicho contexto, parece que las instituciones de algunos países están siendo incapaces de responder a las demandas ciudadanas. Además, se han mostrado ineficientes al requerimiento de una sociedad en red que exige mayor información y horizontalidad en las relaciones sociales.

Es decir, la jerarquización o verticalidad en las relaciones interpersonales son mal evaluadas por la ciudadanía, que ha visto en los gobiernos locales o municipios una forma para procesar y dar respuesta de mejor manera a sus demandas, principalmente porque las autoridades locales les resultan más cercanas y empáticas ante sus necesidades, mientras que las instituciones de nivel central, tales como los centros de gobierno o ministerios políticos y sectoriales, son percibidos como distantes e incompetentes al momento de comprender y responder a las necesidades de la población.

Por lo tanto, el primer acercamiento a las propuestas que los partidos políticos deben elaborar e implementar frente a la ciudadanía de modo de revalidar su acción política debiera estar en el ámbito de traspaso de competencias, atribuciones y mayores recursos a los gobiernos locales.

Esa sería una medida programática inicial para que los partidos políticos se reconectaran con la realidad territorial del país, pues se han vistos desconectados de la vida política y social del ciudadano. La descentralización y desconcentración es una promesa recurrente en los programas de gobierno, pero avanza lento y con muchas resistencias respecto al traspaso de recursos necesarios.

En definitiva, en el cambio de época se exige mayor cercanía y menos burocratización y, sobre todo, un mayor conocimiento de las distintas y diversas realidades locales. De alguna manera, se demanda una mayor humanización de las relaciones entre los que gobiernan y los gobernados, entendiendo que ello conlleva un nuevo sentido para la política. Esto puede tener distintas lecturas, y por tanto varias respuestas, pero una de ellas está en los clásicos, es decir, retornar a la valoración de las virtudes en política tales como prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Al respecto, entendemos que la política es transaccional y contingente en gran parte de su quehacer diario, pero en la actualidad se la denuncia por su excesivo pragmatismo estratégico por mantenerse en el poder, sin escatimar medios y propósitos para tales objetivos. Ello habría sido causa primera de la desconfianza frente a las estructuras partidarias, las que de alguna manera se han transformado en agencias de empleo público carentes de liderazgos comprometidos con una mirada de sociedad.

Urge que los partidos políticos comprendan el cambio cultural que se está expresando; de otro modo, seguirán siendo parte del problema de desgobierno, ya que la democracia y sus instituciones se ven amenazadas de muerte sin organizaciones que consigan canalizar las inquietudes o demandas ciudadanas.

En efecto, los movimientos sociales que han irrumpido en la escena y que en sí representan la desconfianza frente a los partidos políticos, revelan una indignación y una necesidad de cambio o renovación de las elites, lo cual pareciera demandar no solo cambio de rostros o recambio generacional, sino que se apela a una forma distinta de hacer política, lo cual en la historia de la humanidad no resulta novedoso. Estaríamos frente a la exigencia de un resurgimiento de personas en política que se interesen por la cuestión pública o república desde el compromiso con ciertos valores y coherencia de vida. En definitiva, lo que pareciera cuestionarse es la estrategia permanente por mantenerse en el poder por el poder, sin que ello lleve implícito los cambios políticos que el soberano —el pueblo— exige.

Al respecto, habría una desconfianza en que la elite de los partidos —que responde a la cosmovisión propia de la modernidad racionalista y que por varias décadas no ha sido capaz de comprender la necesidad de impulsar los cambios estructurales al sistema político y social vigente— consiga implementar un nuevo sistema de pensiones, un sistema de salud pública universal, mejorar la calidad en la educación pública, reconocer los derechos de los pueblos originarios cancelados desde la pacificación de la Araucanía, entre otras demandas ciudadanas que conminan a cambios sustanciales a nivel constitucional, orgánico y legislativo, e incluso de paradigma social.

En este sentido, los partidos deben preguntarse por sus propuestas para el país y, sobre todo, convocar a quienes dan un testimonio coherente para llevar a cabo las transformaciones de una nueva agenda política y social que exige mayor sostenibilidad social y medioambiental, es decir, más humanizante o cercana, y menos entregada a la visión de desarrollo fundamentada en indicadores y estructura macroeconómica.

En consecuencia, la exigencia para los partidos políticos tradicionales y los que están en proceso de formación pareciera estar en el reconocimiento de que la economía nuevamente debe ser una disciplina propia de la esfera ética. Para ello existen propuestas doctrinarias como la economía social de mercado, que nos advierte la relevancia de la autorresponsabilidad, cuestión que permitiría a los partidos políticos abrir espacios para una nueva elite que modifique las lógicas políticas que han imperado en los últimos tiempos, trayendo nuevos liderazgos conectados con los territorios y con las exigencias de sostenibilidad social y medioambiental, y así nuevamente cumplir con la función de canalizar las demandas ciudadanas, entendiendo además que deben abrirse nuevos caminos de participación ciudadana en las decisiones públicas

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