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La utopía desde diferentes puntos de vistas

Por Max Montilla

montillamax@gmail.com

Como si se tratase de la obra escrita por Tomas Moro, “La Utopia”, la cual es asombrosamente moderna. De hecho, muchas de las ideas son prematuramente socialistas, incluso comunistas, 300 años antes de Karl Marx. Y se sigue discutiendo si la propiedad privada es una suerte o una desgracia para la sociedad. 

 

La sentencia que pronunció John Gray, de qué la utopia habia sido herida de muerte, tuvo un gran revés, pues no murió. Entre 1989 y 1991, entre la demolición del Muro de Berlín y la disgregación de la Unión Soviética, recibió una estocada letal.  El derrumbe del socialismo real asestó un golpe  decisivo al marxismo, teoría que ya venía sufriendo desde hacía muchas décadas las críticas  de los pensadores liberales, a los que se sumaron  luego los cuestionamientos de los posmodernos.

 

En todo caso, con la implosión del socialismo, como advirtió Eric Hobsbawm (1998), se cerró el “siglo XX corto” y, con él, una época entera. Francis Fukuyama fue quien logró conceptualizar de un modo más claro y categórico el ambiente espiritual de comienzos de los noventa: “Hoy, […], nos cuesta imaginar un mundo radicalmente mejor que el nuestro, o un futuro que no sea esencialmente democrático y capitalista”.

 

En cierta manera la utopía languideció. Pero no murió. Durante los últimos veinte años no han faltado los esfuerzos por reinventarla. El corazón de la utopía se empecina en seguir latiendo, muy especialmente, al interior de la tradición socialista. La cultivan los herederos de Karl Marx y de Ernst Bloch, como Slavoj Zizek. Los socialistas del siglo XXI han asumido que el marxismo no es la quintaesencia de la ciencia. Emprendieron, con discreción, el camino de regreso desde el socialismo científico al socialismo utópico. Además, consolidando un viraje que venía de antes, dejaron de pensar la revolución en términos leninistas, es decir, como “asalto al Palacio de Invierno”. La iniciativa Real Utopias Project, lanzada en 1991 por Eric Olin Wright, es una clarísima expresión de este viraje conceptual: “Lo que necesitamos, entonces, son “utopías reales”: ideales utópicos basados en los reales potenciales de la humanidad, destinos utópicos que tengan estaciones accesibles, diseños utópicos de instituciones que pueden informar nuestras tareas prácticas para salir adelante en un mundo de condiciones imperfectas para el cambio social”.

 

La utopía, en definitiva, es como una moneda. De un lado, vemos la cara de la violencia y la tragedia. En el otro, la de la esperanza y el progreso. 

 

Para que, arrojada al viento de la historia termine cayendo del lado del progreso, los pensadores que no han renunciado a la utopía han optado por acuñarla en el molde del realismo. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, decían con Hebert Marcuse los estudiantes de París en mayo de 1968. “Seamos realistas, celebremos el triunfo de la libertad y el fin de la historia”, dijo, en otras palabras, Francis Fukuyama a fin de siglo, y en el polo opuesto del mayo francés. “Equilibremos razonablemente realismo y utopía”, es lo que nos proponen durante las últimas dos décadas los utopistas realistas y los realistas utópicos.

 

Para John Rawls, por ejemplo, el sustantivo es la utopía. Su utopía, la Sociedad de Pueblos, insiste, es realista: “podría y puede existir” porque es coherente con lo que sabemos de las leyes de la naturaleza, incluida la naturaleza humana. 

 

Otros autores pueden ser definidos como realistas utópicos. Piensan en la utopía. La tienen en la mira. Insisten en no perderla de vista y en avanzar hacia ella. Pero consideran que el principal desafío es el de avanzar, poco a poco, ensayando rupturas, pero experimentando en pequeña escala. Real Utopias Project es un excelente ejemplo de este enfoque. También Habermas ha procurado combinar realismo y utopismo: “Los derechos humanos forman una utopía realista en tanto que ya no evocan los coloreados cuadros utópico-sociales”.

Realismo y utopismo han venido caminando juntos durante los últimos veinte años. A menudo lo han hecho apoyándose en el bastón del pragmatismo filosófico. La teoría de la evolución cognitiva de los órdenes sociales de Emanuel Adler, con su realismo pragmático, nos ofrece un enfoque especialmente fecundo para entender de qué modo concreto podría ocurrir esta interacción. Según él, los órdenes sociales evolucionan por ensayo y error. Hay una relación circular entre práctica y conocimiento. 

Actuamos a partir de nuestro conocimiento de fondo, en parte tácito, a veces reflexivo. 

Luego, si tomamos nota de las consecuencias de nuestras prácticas, tenemos la oportunidad de aprender generando nuevo conocimiento que podrá informar nuevas prácticas y ser selectivamente retenido en nuevas instituciones. La responsabilidad por la selección de ciertas prácticas, y no de otras, corresponde a las comunidades de práctica. Su teoría puede explicar tanto la estabilidad como el cambio, pero tiene más de Heráclito que de Parménides. 

Es una teoría que explícitamente transita del being al becoming, es decir, de lo que es a lo que podría ser.

Los órdenes sociales no cambian todo el tiempo pero pueden, y deben, hacerlo aprendiendo de su propia experiencia. Adler define su visión del mundo como humanismo realista. Aunque no elaboró una teoría sobre el papel de la utopía, sostiene que el mundo debe mejorar, dado que no todas las prácticas son éticas (2019, p. 40). Pero esa mejora no es ineluctable, como podría sugerir una versión sencilla de la idea de progreso asociada al programa iluminista. El progreso es contingente, parcial, reversible, limitado (bounded progress). El papel de la agencia, de los practicantes, en términos de Adler, es clave. 

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