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La democracia como utopía

Por Max Montilla

montillamax@gmail.com

No hay democracias estables sin partidos políticos fuertes

La discusión sobre la utopía tenía que volver, y volvió. Lo hizo menos teñida de marxismo y más de pragmatismo. Generalmente, quienes escriben sobre la utopía siguen poniendo la carreta delante de los bueyes. Las utopías de los modernos dibujan sociedades ricas, a veces ricas y justas y, solamente en la medida en que esto no sea un obstáculo para los objetivos anteriores, también democráticas.

 

Hay que invertir las prioridades. Las utopías deberían jerarquizar el objetivo, anterior en términos lógicos, de transformar de modo efectivo a cada ciudadana y ciudadano en un verdadero gobernante. Al fin de cuentas, lo que hagamos con el planeta y sus recursos naturales, con la desigualdad, la propiedad privada, la economía y el medio ambiente, en definitiva, con el destino de nuestros hijos y nietos, en suma, con el futuro de la especie, es responsabilidad de todos y cada uno de sus habitantes. 

 

Y todos tenemos que poder decidir qué hacer con él, disponiendo de idénticas condiciones para informarnos, formular nuestras preferencias y contrastarlas razonada y responsablemente con las de los demás. Por eso, la utopía primera, hacia la que tenemos que seguir avanzando, es el gobierno democrático. Y, aunque parezca extraño, todavía estamos lejos llegar a destino. En el sentido más noble y profundo del término, la democracia sigue siendo un no-lugar.

 

Los cuatro escalones de la utopía democrática: instauración, consolidación, igualdad política y deliberación.

 

Debemos decirlo, hemos progresado, la democracia, pese a avances y retrocesos, olas y contra olas, avanzó de modo sensible. Sin embargo, en pleno siglo XXI, la mitad de la población del mundo no vive todavía en regímenes democráticos. La otra mitad disfruta de elecciones, aunque no siempre son libres y justas. De todos modos, en ningún lado se verifica el principio de igualdad exigido por Dahl como base de la democracia: las enormes diferencias en el acceso al bienestar social —en general, pero muy especialmente a la educación y a la información— impiden que los ciudadanos estén en las mismas condiciones para formular y expresar sus preferencias sin ser discriminados por el gobierno a causa de ellas. 

 

A las restricciones domésticas se suman las derivadas de la globalización. La democracia, en el sentido más profundo del término, todavía queda demasiado lejos. Para avanzar hacia ella la primera estación sigue siendo la instauración de poliarquías.

 

Parece sencillo. En esencia, una poliarquía es aquel régimen en el cual la oposición es aceptada y, por tanto, es posible desplazar a la élite en el gobierno sin recurrir a la violencia. Parece fácil. Es muy difícil. Rara vez una élite hegemónica admite ser desplazada del poder sin ejercer una tenaz resistencia. La regla general, una vez más, la explicó Robert Dahl. La probabilidad de la instauración de una poliarquía aumenta cuando el precio que podría pagar la élite gobernante por suprimirla excede el precio de tolerarla. 

 

La instauración de la democracia depende, mirada desde este punto de vista, de la correlación de fuerzas entre ambas elites, la gobernante y la desafiante. Pero no hay democratización sin evolución cognitiva, es decir, sin generación de conocimiento sobre qué prácticas e instituciones la hacen posible, y sobre cuáles la dificultan o tornan inviable. 

 

Instaurar una poliarquía es una empresa difícil. El segundo escalón es la consolidación y reproducción del sistema democrático. Este desafío tiene muchas dimensiones relevantes. Me quiero detener en dos especialmente cruciales: la construcción de partidos vibrantes y de diseños institucionales que equilibren dispersión del poder y gobernabilidad. 

 

No hay democracias estables sin partidos políticos fuertes, con raíces profundas, capaces de cumplir con sus electores, de preservar sus bases sociales y de adaptarse a cambios en el entorno. Construir este tipo de partidos políticos es una tarea muy compleja. Como brillantemente explicara Fernando Rosenblatt, los partidos vibrantes son aquellos que tienen propósitos definidos (ideas, sueños que generen lealtad prospectiva), que cultivan sus tradiciones (las emociones y traumas generan lealtad retrospectiva), y que tienen reglas organizacionales que, por un lado, favorecen la ambición de quienes pretenden hacer carrera política y, por el otro, imponen costos altos a quienes quieran abandonar el partido o pasar de un partido a otro

 

La democracia no sobrevive, además, si no se asegura la dispersión del poder. No hay democracia sin pluralismo, y sin respeto a las minorías. Al mismo tiempo, la democracia debe ser capaz de adoptar decisiones en plazos razonables si no quiere perder legitimidad. Esta tensión entre pluralismo y eficacia ha probado ser muy difícil de manejar. En América Latina tenemos experiencia en el tema. Pasamos fácilmente de la ingobernabilidad a las dictaduras 

 

Tanto para construir sistemas de partidos potentes y competitivos como para asegurar el balance entre legitimidad y eficacia es necesario aprender a diseñar buenas reglas electorales e instituciones políticas sofisticadas. El tercer escalón de la escalera democrática es asegurar la igualdad política, un principio básico. Para eso, según Dahl, deben cumplirse cinco criterios procedimentales: participación efectiva, igualdad de los votos en la etapa decisoria, comprensión esclarecida, control del programa de acción e inclusividad.

Cuando se cumplen estos cinco criterios, todos los adultos que habitan permanentemente en el país (con excepción de los deficientes mentales) integran el demos y controlan la agenda; a su vez, los ciudadanos tienen las mismas oportunidades de incidir en la agenda y en las soluciones a los asuntos tratados.

 

Estos criterios aseguran la igualdad política, pero no ponen el acento suficiente en un requisito fundamental de cualquier democracia que quiera acercase a la utopía: la deliberación. Sobre el cuarto, estaré escribiendo la semana que viene.

 

Nos leemos Dios mediante.  

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