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¿Cómo evitar la década perdida de los años 80

nueva vez?

Por Max Montilla

montillamax@gmail.com

La década perdida, es un termino que se acuñó para describir las crisis económicas sufridas en América Latina durante la década de 1980 (y que para algunos países continuaron hasta bien entrada la década siguiente). En general las crisis se componían de deudas externas impagables, grandes déficits fiscales y volatilidades inflacionarias y de tipo de cambio, que en la mayoría de los países de la región era fijo.

Ahora nos enfrentamos a una enfermedad, la pandemia COVID-19 ha desatado una crisis sanitaria y económica. Sin embargo, pese a estar sufriendo importantes pérdidas en sus ingresos públicos, los países están prestando un apoyo excepcional a las familias y empresas. Los niveles de deuda con respecto a PIB han venido aumentando. Lograr una política fiscal adecuada y mantener la estabilidad financiera serán medidas clave para asegurar el retorno al crecimiento y evitar una década perdida en América Latina y el Caribe.

Las posiciones fiscales varían en toda la región. El apoyo público ante la crisis de la COVID-19 se calibró a la luz del espacio fiscal disponible. Chile y Perú, con bajos niveles de deuda, implementaron grandes paquetes de ayuda del 6% al 8% del PIB (o del 10% al 16% si se incluyen programas de garantía fuera de balance).

En consecuencia, la deuda está aumentando muy rápidamente. En el otro extremo del espectro, Barbados, Belice, Ecuador y Jamaica han anunciado paquetes de menos del 2% del PIB. México es un caso especial, habiendo anunciado un paquete relativamente modesto, mientras que Brasil, que también es un caso especial, ha sacado adelante un gran paquete con una proporción relativamente alta de deuda bruta con respecto al PIB. Pero una fracción significativa de la deuda bruta de Brasil está en el balance general del banco central, y la mayoría de la deuda está en manos de inversionistas institucionales nacionales y en moneda local. La propiedad y la composición de la deuda es tan importante como el nivel para determinar la sostenibilidad y los riesgos de liquidez. Aun así, Brasil se enfrenta ahora a un período de ajuste significativo para asegurar la sostenibilidad.

Cada uno de los países, no solo de latinoamérica, sino de otras latitudes se han visto atrapado en una doble coyuntura, que son ofrecer apoyo o mantener la recuperación.

El problema básico del déficit que tenemos en todos los países, ha sido las recaudaciones de los impuestos, que en algunos casos se estiman entre 1% y 4%. Claro está, una recuperación en forma de “V” nos podría ayudar, revirtiendo las pérdidas de ingresos y reduciendo así los ajustes necesarios en los gastos.   Cabe destacar que el retraso en la recuperación implicaría un ajuste mayor y más doloroso o nuevos aumentos de los ratios de la deuda.

¿Cómo podemos revertir las perdidas de esos ingresos?

En mi opinión se puede, ya que en la mayoría de los países el gasto se ha inclinado en contra de la inversión y a favor del consumo.

Solo hay que cambiar la composición del gasto a la inversión en infraestructura a lo largo del tiempo podría producir un mayor crecimiento y por lo tanto mejorar el espacio fiscal, suponiendo que se seleccionen buenos proyectos y que el proceso de inversión sea eficiente.

Sin embargo, no podemos hacernos los ciegos sabiendo que el mayor gasto público para apoyar a las familias y empresas durante la crisis, así como las pérdidas de ingresos públicos han dado lugar a que se alcen las voces exigiendo que se “alivie la deuda”.

Los países de bajos ingresos obtienen préstamos principalmente de fuentes oficiales más que comerciales. Su deuda es bilateral o figura en el balance de las instituciones multilaterales. Es a largo plazo y con tasas de interés muy bajas y favorables. El grupo de los 20 ya ha pedido a los prestamistas bilaterales que presten ayuda, pero la mayoría de los países en América Latina y el Caribe son de ingresos medios y sus préstamos del sector privado eclipsan los préstamos de las fuentes oficiales. Los prestamistas oficiales están impulsando sus préstamos en la medida en que sus niveles actuales de capital lo permiten. El acceso a los mercados privados típicamente procíclicos es desigual.

Para que ese grupo del G20, pueda prestarnos debemos de reestructurar esas deudas, extendiendo los vencimientos, pero sin hacer recortes en las cantidades adeudadas. Esto puede hacerse con relativa rapidez y ganar tiempo, pero puede no resolver el problema de raíz. Si no lo hace, entonces el país puede tener que reestructurar la deuda de nuevo o varias veces. Por ejemplo, Belice y Jamaica, han reestructurado deudas varias veces durante la última década.

Otra posibilidad es que un país busque una reestructuración más profunda, con una mayor probabilidad de resolver el problema de fondo. Pero eso también puede provocar acciones legales de los acreedores en los tribunales de todo el mundo, complicando y retrasando el proceso. Las recientes innovaciones en los contratos de bonos, conocidas como las nuevas Cláusulas de Acción Colectiva (CAC) pueden haber proporcionado una ruta más eficiente y rápida para que los países reestructuren sus deudas. Argentina y Ecuador han renegociado con éxito la deuda con la ayuda de las CAC.

Todavía esta latente sobre todos nosotros, que podemos volver a esa década perdida de los años 80s, la deuda y el fantasma de la mora vuelven, aunque ya no tenemos el famoso acuerdo Brady, pero hoy tenemos una herramienta que podemos echarle mano y es las CAC.

Nos leemos en un próximo artículo.

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