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¿Cómo la confianza se ve afectada por las percepciones de desigualdad en América Latina y el Caribe?

Por Max Montilla

montillamax@gmail.com   

Especifico que este es un trabajo de investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) es su apartado investigativo llamado IDEAS, me llamó la atención y quise compartirlo de manera integra con ustedes, mis lectores.  

La falta de confianza entre las personas y entre estas y las instituciones es un problema crónico en América Latina y el Caribe que a menudo se vincula con la desigualdad. Después de todo, en una región que se encuentra entre las más desiguales del mundo, es natural desconfiar de las élites políticas que parecen cooptar al gobierno y asegurarse de que las políticas favorezcan a los ricos en detrimento de los pobres.  

Además, cuando el gobierno parece representar a las élites, es fácil que los ciudadanos crean que cada uno está por su cuenta, y que no pueden confiar en que sus conciudadanos puedan trabajar conjuntamente por el bien común. Todo esto es terrible para la democracia, como también lo es para el crecimiento económico, el cual requiere altos niveles de confianza interpersonal y en las instituciones a fin de fomentar la toma de riesgos y una mayor actividad económica.

La riqueza no parece ser un indicador tan certero de la confianza interpersonal, como podría esperarse. En cambio, las percepciones que tienen las personas sobre la desigualdad son fundamentales, incluso cuando esas percepciones no siempre reflejan con exactitud su posición en la distribución de ingresos. Factores como el acceso a bienes públicos, en particular la educación y la salud, así como la vulnerabilidad ante la delincuencia, también pueden ser cruciales para la percepción que tienen las personas sobre la equidad en los ingresos.  

La verdad es que las personas no son muy buenas para identificar correctamente dónde se ubican sus ingresos con respecto a los niveles de ingreso nacional. Además, les resulta difícil evaluar la distribución de ingresos de forma desapasionada, ya que sus preferencias sociales hacen que se muestren muy reacias a ganar menos que los demás. 

Las personas de mayor edad y con mayor nivel educativo tienden a pensar que la distribución de ingresos es más injusta que las personas más jóvenes y con menor nivel educativo. Tanto las víctimas de la delincuencia como las de la corrupción tienden a tener una peor opinión de la distribución de ingresos, al igual que quienes tienen acceso a peores servicios de educación y salud. De hecho, las características del vecindario y las experiencias personales tienden a determinar las percepciones sobre la desigualdad más que las diferencias reales de riqueza relativa.

Nada de esto significa que la desigualdad no sea un factor social y psicológico muy importante. Pero los gobiernos y los formuladores de políticas públicas también deben tener en cuenta el papel de las percepciones a la hora de diseñar políticas destinadas a impulsar la cohesión social. Según la evidencia, si las percepciones de las personas sobre sus ingresos relativos son inexactas, cerrar la brecha de la desigualdad en términos de ingresos y riqueza podría no ser suficiente para aumentar la confianza o incluso el crecimiento integrador.

Espero que les haya gustado el informe que cité de manera integra a mis lectores. 

Nos leemos en otro artículo. Hasta la próxima.

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