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 Utopía democrática

Por Max Montilla

montillamax@gmail.com

 

Hay que perderle el miedo a la utopía democrática, pero sin dejar de respetar la realidad.

Hay que celebrar el avance de la libertad política, sin  perder de vista la distancia que sigue existiendo entre nuestro puñado de meritorias aunque sufridas poliarquías y el ideal democrático propiamente dicho. El mundo tiene muchos problemas. Podemos, y debemos imaginar muchos ideales realistas.

 

En gran medida, como dice Steven Pinker (2018), gracias a los ambiciosos ideales de la Ilustración (razón, ciencia, humanismo, progreso), el mundo de hoy es mejor que el de hace dos siglos. Sigue habiendo guerra, muerte, hambre, dolor, enfermedad, racismo, discriminación, injusticia, desigualdad y dominación. Pero no hay ningún objetivo civilizatorio más importante que llevar hasta las últimas consecuencias el proceso de democratización teorizado inicialmente hace cerca de 2500 años, pero comenzado históricamente hace apenas doscientos años.

 

La democracia es una utopía de final abierto (Friedman, 2012). En una sociedad perfectamente democrática no habrá una forma de propiedad definitiva y decidida de antemano (ni privada, ni social, ni mixta). En una sociedad perfectamente democrática habrá tanta orientación hacia la generación de riqueza y hacia su distribución como disponga, en cada momento, la ciudadanía. 

 

En una sociedad perfectamente democrática todos los integrantes del demos serán políticamente iguales entre sí, y tomarán todas las decisiones que les conciernen basados en su propia experiencia y luego de procesos de deliberación exigentes. En una sociedad perfectamente democrática se tramitarán con serenidad y generosidad las diferencias existentes. Parece un sueño, una ilusión, como la escalera de Penrose. ¿Lo es?

 

No es fácil recorrer el camino a la utopía democrática. Es una escalera larga, con escalones angostos y esquivos. El primero es la instauración de poliarquías allí donde no ha sido posible aún. El segundo, la consolidación de estos regímenes políticos. El tercero, la generación de condiciones para que exista una igualdad política efectiva entre los ciudadanos. El cuarto, el pasaje de dinámicas esencialmente adversariales a prácticas que combinen la competencia con la deliberación. 

 

La teoría de la evolución cognitiva de Emanuel Adler nos ofrece algunas pistas muy importantes respecto a cómo ir avanzando escalón tras escalón. El progreso no está asegurado. Ascender o descender, podría decirnos M. C. Escher, subir escalones o bajarlos 

dependerá, en cada contexto, de la capacidad de las respectivas comunidades de práctica democrática para aprender a partir de su experiencia, y para retener selectivamente las mejores prácticas e incorporarlas en mejores instituciones.

 

No avanzaremos hacia la utopía democrática si nos limitamos a aceptar con resignación nuestras prácticas e instituciones actuales. No hay nada de natural ni de inexorable en la política tal como la conocemos hoy. Una vez más, los intelectuales están convocados al foro para dejar su testimonio. Las ciencias sociales, en general, pero especialmente la ciencia política, está demasiado orientada a buscar explicaciones sobre lo que existe, y muy poco orientada a elaborar soluciones. Hay que recuperar o, mejor dicho, seguir recuperando el espíritu crítico y volver a desarrollar la reflexión  normativa. La pregunta sobre la utopía es especialmente exigente y esquiva. Pero no podemos seguir soslayándola.

 

Nos leemos en un próximo articulo. 

 

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