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HABLANDO CON EL SOBERANO

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LA PARADOJA DE LA SOLEDAD EN TIEMPOS DE INTERCONEXIÓN
Por Max Montilla

 

En un mundo donde estamos a un clic de distancia de casi cualquier persona, la soledad se ha convertido en una epidemia silenciosa. Las redes sociales, los teléfonos inteligentes y las aplicaciones de mensajería nos prometen conexión constante, pero cada vez más personas confiesan sentirse aisladas, incomprendidas o emocionalmente vacías. “Vivimos en un mundo saturado de conexiones superficiales que no alcanzan la profundidad de una relación humana auténtica”, advertía el sociólogo Zygmunt Bauman en su obra Modernidad líquida.

La tecnología nos ha dado la ilusión de cercanía. Podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en segundos, pero evitamos mirar a los ojos al vecino en el ascensor. Jean Twenge, psicóloga y autora del libro *iGen*, sostiene que el uso excesivo del celular ha provocado una caída drástica en la calidad de las relaciones humanas: “Los adolescentes de hoy tienen menos experiencias cara a cara, y eso los hace más vulnerables a la depresión y a la soledad”.

 

Curiosamente, nunca antes habíamos compartido tanto sobre nuestras vidas y, al mismo tiempo, nunca habíamos sentido tan poco sentido de pertenencia. Las plataformas digitales promueven una cultura del “mostrar” más que del “ser”. En palabras del filósofo Byung-Chul Han: “Las redes sociales están pobladas de egos solitarios que gritan desesperadamente para ser vistos”. En lugar de comunidad, han creado vitrinas de individualismo.

 

La soledad contemporánea no solo es emocional, sino existencial. No se trata de estar sin compañía, sino de sentirse sin sentido. Muchos experimentan un vacío que no se llena con notificaciones ni seguidores. Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, escribió: “La causa principal del sufrimiento humano hoy no es la falta de placer, sino la falta de sentido”. En un entorno digital que promueve la inmediatez y el consumo, encontrar propósito se vuelve un acto casi contracultural.

 

No es casualidad que, en países desarrollados, los índices de suicidio y depresión hayan aumentado paralelamente al auge de las tecnologías de conexión. En 2018, el Reino Unido nombró una *ministra para la soledad*, reconociendo oficialmente el problema como una amenaza para la salud pública. La soledad, según estudios médicos, incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo y muerte prematura.

 

Pero ¿es la tecnología la culpable o somos nosotros quienes hemos olvidado cómo relacionarnos genuinamente? El teólogo Henri Nouwen decía: “La soledad no se cura con presencia humana, sino con presencia del alma”. Es decir, más allá de lo digital, la clave está en la autenticidad, la escucha, el compromiso. Es posible estar acompañado y aún así estar solo, si nuestras relaciones no están ancladas en la verdad y el amor.

 

Para superar esta paradoja moderna, necesitamos reaprender el arte del encuentro. Significa apagar pantallas para mirar rostros, compartir silencios que no buscan likes, y redescubrir el valor de la presencia. Significa volver a la comunidad, a la familia, a los vínculos donde no se compite por atención, sino que se cultiva la mutua entrega.

 

La interconexión no es enemiga de la comunión, pero no la garantiza. En estos tiempos hiperconectados, la soledad puede ser una advertencia espiritual: nos grita que necesitamos más humanidad. Quizás, como dijo Antoine de Saint-Exupéry: “Lo esencial es invisible a los ojos”, pero se hace visible cuando, en lugar de buscar conexión, buscamos comunión.

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