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HABLANDO CON EL SOBERANO

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La sospecha de las certezas: una invitación a pensar con Ortega y Gasset

Por Max Montilla 

En una época donde opinar parece más importante que pensar, las palabras del filósofo español José Ortega y Gasset suenan incómodamente actuales. Vivimos rodeados de certezas gritadas, convicciones defendidas con fervor casi religioso y verdades que no admiten réplica. Sin embargo, Ortega lanzó una advertencia tan sencilla como perturbadora: “Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas”. No se trata de una frase provocadora al azar, sino de una invitación directa a revisar el modo en que pensamos, discutimos y convivimos en el espacio público.

Cuando Ortega habla de convicciones “arraigadas”, se refiere a aquellas creencias que asumimos como incuestionables, casi naturales, y que rara vez sometemos al ejercicio de la duda. Precisamente por eso resultan peligrosas: no porque sean falsas en sí mismas, sino porque al no ser examinadas se convierten en límites invisibles del pensamiento. Lo que no se cuestiona, advertía el filósofo, termina gobernándonos sin que lo notemos.

Esta idea se inserta en el núcleo de su filosofía, particularmente en su crítica a la razón abstracta y autosuficiente. En El tema de nuestro tiempo, Ortega propone la llamada razón vital, una forma de pensar que parte de la vida concreta, de la circunstancia, y no de sistemas cerrados. Pensar bien, para él, no consiste en repetir dogmas, sino en dialogar constantemente con la realidad cambiante que nos rodea.

Desde esta perspectiva, la convicción que nunca se pone a prueba deja de ser una fortaleza y se transforma en una prisión. Ortega no atacaba las creencias firmes, sino la comodidad intelectual. La certeza que no admite revisión se vuelve estéril, incapaz de aprender, de corregirse o de dialogar. En términos simples: una mente cerrada puede ser muy segura de sí misma, pero difícilmente será sabia.

Esta advertencia cobra especial relevancia en su obra más conocida, La rebelión de las masas, donde Ortega analiza cómo las sociedades modernas corren el riesgo de caer en el conformismo intelectual. Cuando las opiniones se repiten sin reflexión y las convicciones se heredan sin examen, el resultado no es pensamiento colectivo, sino ruido colectivo. Allí, el filósofo denuncia la arrogancia del hombre-masa, convencido de saberlo todo precisamente porque nunca duda.

A ello se suma su teoría del perspectivismo, según la cual toda visión de la realidad es parcial y situada. Nadie posee la verdad completa; cada individuo aporta una mirada condicionada por su historia y su contexto. Reconocer esto no debilita la verdad, sino que la enriquece. Dudar de las propias convicciones, entonces, no es relativismo, sino un acto de honestidad intelectual.

 

En un mundo marcado por la polarización política, la cultura de la cancelación y las trincheras ideológicas, la reflexión de Ortega resulta especialmente incómoda. Hoy, más que nunca, abundan certezas rápidas y escasea la reflexión pausada. Revisar nuestras convicciones no es un lujo académico, sino una necesidad cívica si aspiramos a una conversación pública más sensata y menos visceral.

Ortega y Gasset no nos pidió vivir en la duda permanente ni renunciar a nuestras convicciones, sino algo mucho más exigente: pensarlas con honestidad. En tiempos de discursos rígidos y verdades blindadas, su filosofía nos recuerda que la madurez intelectual comienza cuando somos capaces de poner en cuestión aquello que damos por seguro. Dudar, en este sentido, no es debilidad; es responsabilidad. Y quizá hoy, más que nunca, sea el primer paso para recuperar una sociedad que piense mejor antes de hablar con tanta seguridad.

Nos leemos en otro articulo, Dios mediante. 

 

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