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HABLANDO CON EL SOBERANO

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Tierras raras y medioambiente: desarrollo sí, pero con límites claros (2/2)

Por Max Montilla 

Cada vez que se habla de minería, la pregunta ambiental aparece de inmediato, y con razón. La explotación de tierras raras, aunque económicamente atractiva, conlleva riesgos que no pueden minimizarse, especialmente en un país con ecosistemas frágiles y territorio limitado como la República Dominicana.

Uno de los principales impactos es la alteración del suelo. La minería asociada a bauxita y tierras raras suele realizarse a cielo abierto, lo que implica deforestación, remoción de capas de tierra y modificación del paisaje. Sin una planificación rigurosa, el daño puede ser profundo y duradero.

El agua constituye otro punto crítico. El procesamiento de estos minerales puede generar residuos altamente alcalinos y el uso de sustancias químicas que, mal manejadas, afectan ríos, acuíferos y fuentes de agua potable. En comunidades rurales, este riesgo no es abstracto: toca la vida diaria.

A esto se suma el manejo de residuos. Algunos yacimientos contienen trazas de metales pesados y materiales ligeramente radiactivos. Aunque no representan un peligro inmediato, su acumulación sin controles técnicos adecuados puede convertirse en un problema ambiental y sanitario a largo plazo.

Los impactos no son solo ecológicos. Cuando no existe una distribución justa de los beneficios, surgen tensiones sociales, desplazamientos y conflictos comunitarios que erosionan la legitimidad de cualquier proyecto, por rentable que sea.

Frente a este panorama, la solución no es el rechazo automático, sino la regulación estricta. Estudios de impacto ambiental independientes, tecnologías modernas, manejo seguro de residuos y sistemas cerrados de agua no son lujos: son requisitos mínimos.

Igualmente indispensable es la restauración ambiental. Todo proyecto serio debe prever la rehabilitación de suelos, la reforestación y el monitoreo permanente, garantizando que las áreas intervenidas no queden como cicatrices irreversibles.

 

El verdadero debate, entonces, no es si explotar o no las tierras raras, sino cómo hacerlo sin hipotecar el futuro. El desarrollo sostenible no es un eslogan conveniente; es la única vía responsable para un país que aspira a crecer sin perder lo que lo hace habitable.

Nos leemos en otro articulo, Dios mediante. 

 

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