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HABLANDO CON EL SOBERANO

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El peligro de no participar: el idiotismo como forma de vida

Por Max Montilla 

Entiendo que la palabra ha sido tergiversada, llamar IDIOTA a una persona en estos tiempos es una ofensa, sin embargo, viendo el origen de la palabra, creo que si, en verdad somos una generación de IDIOTAS. 

 En tiempos donde muchos prefieren “no meterse en nada”, mirar hacia otro lado o vivir centrados en lo personal, es necesario preguntarnos: ¿a dónde nos lleva esta indiferencia? Más allá de un estilo de vida, esa actitud se ha convertido en una ideología silenciosa que afecta a nuestras comunidades y democracias. No es un insulto, ni una exageración: es el idiotismo, una forma de vida marcada por el desinterés por lo común. Entenderlo es el primer paso para superarlo.

La palabra idiotismo viene del griego idiotes, que describía a quien no participaba en los asuntos públicos, ocupándose solo de lo privado. En aquella cultura, esto no era visto como algo neutro: era una falta grave hacia la comunidad. Hoy, ese mismo desinterés ha resurgido disfrazado de comodidad, indiferencia o falsa neutralidad.

El idiotismo moderno no pertenece a ningún partido ni movimiento, pero se ha difundido como un virus. Se presenta como una forma “inteligente” de vivir: evitar los conflictos sociales, ignorar la política, no opinar para “no buscar problemas”. Sin embargo, esa actitud acaba promoviendo la injusticia, pues permite que el poder quede en manos de unos pocos.

Esta ideología tiene señales claras: individualismo extremo, rechazo a todo lo colectivo, vivir solo para el consumo o el entretenimiento, no querer saber nada de los problemas sociales, y una apatía que normaliza lo injusto. Todo esto lleva a que muchas personas se desconecten de su rol como ciudadanos activos.

Cuando dejamos de participar, perdemos algo esencial: la capacidad de influir en nuestro presente y futuro. El idiotismo convierte a los ciudadanos en simples consumidores, espectadores de una sociedad que ya no entienden ni controlan. Y así, el poder se concentra, la democracia se debilita y crece el populismo.

Las redes sociales, las plataformas de entretenimiento, la publicidad… todo parece estar orientado a mantenernos distraídos. No es malo disfrutar, pero cuando eso se convierte en nuestra única forma de vida, perdemos la conexión con lo real, con lo que afecta a nuestros vecinos, a nuestro país, a nuestras familias.

Filósofos como Cornelius Castoriadis y Byung-Chul Han han advertido sobre este fenómeno. Según ellos, el idiotismo es una forma moderna de alienación: una manera de vivir sin compromiso ni conciencia. Y sus consecuencias son graves: instituciones frágiles, desigualdad creciente, manipulación mediática y pérdida de la esperanza colectiva.

Combatir el idiotismo no exige ser activista o político, sino recuperar lo básico: interesarnos por lo que pasa a nuestro alrededor, participar en pequeñas acciones, informarnos, votar con responsabilidad, ayudar a los demás. Cada gesto cuenta. La vida pública no es ajena a la fe, al amor, ni a la responsabilidad cristiana.

No se puede construir una sociedad justa desde la indiferencia. El idiotismo, aunque no use la violencia, destruye lentamente los lazos que nos unen. Hoy más que nunca, necesitamos volver a ser ciudadanos: con voz, con compromiso, con esperanza. Porque si no somos parte de la solución, corremos el riesgo de ser parte del problema por omisión.

Nos leemos en otro artículo. 

 

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