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Los mercaderes de la política: cuando el poder se convierte en mercancía

Por Max Montilla 

 

El siguiente articulo, no lleva un destinatario en especifico, sin embargo, pudiera encontrar uno en el sistema de partidos políticos de nuestra nación

 

Vivimos tiempos en los que la ciudadanía exige más transparencia, más compromiso y más resultados de quienes ocupan posiciones de liderazgo. Sin embargo, uno de los mayores desafíos de nuestras democracias no siempre proviene de los adversarios políticos, sino de aquellos que han aprendido a convertir la política en un negocio.

Los llamaremos los mercaderes de la política.

Un mercader busca comprar barato y vender caro. Su objetivo es obtener ganancias. En el comercio, eso es legítimo. El problema surge cuando esa lógica se traslada al ejercicio del poder público. Entonces los principios se negocian, las lealtades se alquilan, las instituciones se utilizan y el bien común se subordina al interés particular.

El mercader de la política no pregunta qué necesita la nación; pregunta qué puede obtener de ella. No se acerca a una causa por convicción, sino por conveniencia. No mide sus decisiones por su impacto en las futuras generaciones, sino por su rentabilidad inmediata.

Con frecuencia se piensa que la corrupción inicia cuando se roba dinero público. En realidad, comienza mucho antes: Empieza cuando se negocian los principios.Empieza cuando la verdad se sacrifica por una posición.Empieza cuando el silencio se vuelve más rentable que la integridad. Empieza cuando el interés personal ocupa el lugar del servicio.

La corrupción financiera es, muchas veces, el resultado final de una corrupción moral previa.

Los mercaderes de la política producen daños que rara vez aparecen en los informes económicos, ya que los mismos destruyen la confianza ciudadana,desmotivan a las personas honestas que desean servir, promueven el cinismo social, debilitan los partidos políticos y convierten la militancia en una transacción y no en una comunidad de ideales.

Cuando esto ocurre, los ciudadanos dejan de creer en las instituciones y comienzan a pensar que todo tiene un precio. Ese es uno de los costos más altos que una sociedad puede pagar.

 

La verdadera política nació para servir.

Los grandes líderes de la historia entendieron que el poder no es un privilegio sino una responsabilidad. Gobernar implica administrar recursos que pertenecen al pueblo y tomar decisiones que afectarán la vida de millones de personas. Desde una perspectiva bíblica, el liderazgo nunca fue concebido como un mecanismo de enriquecimiento personal. La Escritura declara: «El que gobierna entre los hombres sea justo, gobernando en el temor de Dios» (2 Samuel 23:3).

La justicia y el temor de Dios son incompatibles con la visión mercantil del poder.

Un servidor público es, en esencia, un administrador temporal. Los cargos pasan. Los privilegios terminan. Las influencias desaparecen. Pero las consecuencias de las decisiones permanecen durante décadas.

La política necesita menos comerciantes y más servidores.Menos oportunistas y más estadistas. Menos cálculos personales y más visión nacional. La grandeza de una nación no depende únicamente de sus recursos naturales, de su ubicación geográfica o de sus indicadores económicos. Depende, en gran medida, de la calidad moral de quienes la dirigen.

Las sociedades prosperan cuando los hombres y mujeres que ejercen el poder entienden que representan una confianza pública y no una oportunidad privada.

Quizás el problema más grave de los mercaderes de la política no sea lo que obtienen para sí mismos, sino lo que le quitan a la nación: la esperanza.

Porque cuando el poder se transforma en mercancía, los principios se devalúan, la confianza se deteriora y el futuro se hipotecan.

Pero mientras existan ciudadanos y líderes dispuestos a recordar que la política es una vocación de servicio, siempre habrá posibilidad de reconstruir la confianza y devolverle dignidad a una de las actividades más nobles que puede ejercer el ser humano: servir al bien común.

Nos leemos en otro articulo, Dios mediante. 

 

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