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HABLANDO CON EL SOBERANO

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 El espejismo del ultranacionalismo electoral en la República Dominicana

Por Max Montilla | Columna Chispas de Actualidad

En los últimos años, la política global ha presenciado cómo la retórica nacionalista y el discurso en contra de la migración se transformaron en un catalizador de éxito para la articulación de nuevas fuerzas políticas. Desde el surgimiento de movimientos populistas en Estados Unidos hasta la consolidación de bloques de derecha radical en varios países europeos, la movilización del descontento en torno a la identidad y las fronteras logró rendir importantes frutos electorales, catapultando a figuras directas a los centros de poder.

Ante este escenario internacional, resulta tentador para ciertos actores políticos locales asumir que existe una plantilla universal y que basta con trasplantar mecánicamente ese mismo discurso al contexto caribeño. Sin embargo, intentar replicar esa fórmula en la República Dominicana demuestra una profunda incomprensión del tejido socioeconómico e histórico del país. Pretender que la dinámica política dominicana reaccionará de la misma forma que una sociedad desarrollada o posindustrial es obviar la naturaleza única de nuestra realidad.

Para analizar este fenómeno con el rigor necesario, se debe reconocer una premisa innegable: las tensiones migratorias y los desafíos asociados a la frontera son problemas reales, palpables y de profunda preocupación para la ciudadanía. La soberanía y la regulación poblacional no son debates artificiales. No obstante, la existencia de este malestar no se traduce de manera directa ni automática en el florecimiento de una opción política de nicho o maximalista.

La evidencia histórica de las últimas décadas en nuestro sistema electoral es contundente a este respecto. Agrupaciones y partidos que han hecho del discurso ultranacionalista y la agenda monotemática su principal pilar —como la Fuerza Nacional Progresista o Generación de Servidores— no han logrado sobrepasar márgenes minoritarios en las urnas. La cifra es tajante y reveladora: cero. Ninguno de estos proyectos ha llegado ni se ha aproximado a la presidencia de la República.

La explicación fundamental de esta limitación radica en que, en la República Dominicana, la defensa de la soberanía y la gestión migratoria son entendidas como temas de agenda de Estado que ya están incorporados en la oferta electoral de los partidos mayoritarios de centro. Tanto el partido de gobierno como las principales fuerzas de oposición asumen el control fronterizo y el discurso patriótico como parte de su plataforma institucional. Por consiguiente, no existe un vacío político ni un espacio huérfano para que una propuesta radical capitalice el monopolio de esa causa.

Asimismo, el electorado dominicano opera bajo una lógica marcadamente pragmática. Si bien la población exige firmeza en la aplicación de la ley migratoria, también reconoce la interdependencia socioeconómica que existe en sectores productivos neurálgicos como la agricultura y la construcción. Una plataforma construida exclusivamente sobre la confrontación o la estridentismo ignora los matices diplomáticos y económicos que requiere la conducción responsable del Estado, alejando a la mayoría votante que busca estabilidad y no polarización extrema.

A esto se suma la irreductible insuficiencia de un proyecto político enfocado en un solo tema. Los ciudadanos no acuden a las urnas únicamente a votar sobre fronteras; exigen respuestas concretas a la inflación, la calidad del sistema educativo, la atención sanitaria, el empleo y la seguridad ciudadana. Cuando un partido reduce su narrativa a un único eje relator, carece de la visión de gobernabilidad integral que requiere una nación para mantener su crecimiento y cohesión social.

En conclusión, el examen de nuestra historia política reciente confirma que el nacionalismo electoral estridente es una herramienta electoralmente infructuosa en el país. La preservación de la identidad y la seguridad nacional no se logra convirtiendo la causa migratoria en una franquicia partidaria de nicho, sino fortaleciendo las instituciones, respetando el estado de derecho y ejerciendo políticas públicas serias desde el centro del espectro democrático. La República Dominicana tiene su propio rumbo, y la madurez de su electorado lo demuestra en cada proceso electoral.

Nos leemos en otro articulo, Dios mediante. 

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