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HABLANDO CON EL SOBERANO

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Cuando aprendes economía, dejas de ser un blanco fácil

Por Max Montilla 

Por años nos han convencido de que los problemas económicos tienen soluciones sencillas. La realidad es muy distinta. Comprender los principios básicos de la economía no solo mejora nuestras finanzas personales; también nos protege de la manipulación política, mediática y social.

Cada vez que se acerca una campaña electoral, el libreto parece repetirse. Se promete bajar los precios, aumentar los salarios, reducir impuestos, crear miles de empleos o subsidiar prácticamente todo. Los discursos cambian de protagonistas, pero el mensaje suele ser el mismo: existe una solución rápida para problemas complejos.

El problema es que la economía no funciona con discursos. Funciona con incentivos, decisiones y consecuencias.

Por eso, quien comprende economía desarrolla una especie de «vacuna intelectual». Deja de preguntarse únicamente qué promete un político y comienza a cuestionarse qué efectos producirá realmente esa propuesta.

Uno de los mayores errores de la opinión pública consiste en evaluar las políticas por sus buenas intenciones. Sin embargo, la historia demuestra que muchas medidas concebidas para ayudar a la población han terminado produciendo exactamente el efecto contrario.

El economista Thomas Sowell lo resume de forma magistral:

«No hay soluciones. Solo hay compensaciones.»

Cada decisión económica implica renunciar a algo. Si un gobierno aumenta el gasto público, deberá financiarlo con impuestos, deuda o emisión monetaria. Si controla artificialmente los precios, es posible que aparezcan escasez y mercados informales. Si incrementa los impuestos a determinados sectores, algunos inversionistas podrían decidir trasladar su capital a otros lugares.

Nada ocurre en el vacío.

Toda política tiene un costo, aunque muchas veces ese costo permanezca oculto para la mayoría de las personas.

Uno de los principios más importantes que cualquier ciudadano debería aprender lo expresó el premio Nobel Milton Friedman:

«Una de las grandes equivocaciones es juzgar las políticas y los programas por sus intenciones y no por sus resultados.»

Esta frase debería estar escrita en la entrada de cada ministerio de economía del mundo.

La historia está llena de gobiernos que implementaron programas con las mejores intenciones posibles, pero cuyos resultados terminaron perjudicando precisamente a quienes buscaban proteger.

La economía enseña que los hechos importan más que los discursos.

Para muchas personas, el precio de un producto representa únicamente lo que deben pagar por él.

Para un economista, los precios son mucho más que una cifra.

Son señales.

Cuando un producto escasea, el aumento de su precio cumple dos funciones simultáneas: invita a los consumidores a moderar su consumo y motiva a los productores a fabricar más.

Ese mecanismo permite coordinar millones de decisiones individuales sin que exista una autoridad que dirija cada movimiento de la economía.

Precisamente por ello, el economista Friedrich Hayek advertía:

«El curioso cometido de la economía es demostrar a los hombres cuán poco saben realmente sobre aquello que imaginan poder diseñar.»

Su reflexión sigue siendo tan vigente hoy como cuando fue escrita. Ningún funcionario, por brillante que sea, posee toda la información necesaria para decidir cuánto debe producirse, qué precio debería tener cada producto o cuáles serán las necesidades futuras de millones de personas.

Otro concepto que cambia por completo la manera de pensar es el costo de oportunidad.

Cada peso que gastamos representa un peso que dejamos de invertir.

Cada hora dedicada a una actividad significa una hora que ya no podremos dedicar a otra.

La economía obliga a formular preguntas que rara vez aparecen en el debate público:

  • ¿Qué estamos sacrificando para obtener este beneficio?
  • ¿Quién terminará pagando realmente esta medida?
  • ¿Qué ocurrirá dentro de cinco o diez años?

Las respuestas suelen ser mucho más complejas que los titulares de prensa o los discursos de campaña.

Existe una idea muy extendida de que los ingresos dependen únicamente del esfuerzo.

La realidad económica es diferente.

En términos generales, las personas son remuneradas por el valor que aportan a los demás. Quien desarrolla habilidades escasas, resuelve problemas importantes y aumenta su productividad suele generar mayores ingresos.

Por eso, las economías más prósperas no son necesariamente las que trabajan más horas, sino aquellas donde las personas producen mayor valor.

La economía no promete eliminar la pobreza ni resolver todos los problemas de una nación.

Su verdadero aporte es mucho más valioso.

Nos enseña a pensar antes de aplaudir.

Nos obliga a desconfiar de las soluciones milagrosas.

Nos recuerda que toda decisión tiene consecuencias, incluso aquellas que parecen moralmente incuestionables.

En tiempos donde abundan los mensajes simplistas y las promesas instantáneas, aprender economía representa una herramienta de libertad intelectual.

Quien comprende cómo funcionan los incentivos, los mercados, los costos y las consecuencias deja de ser un espectador pasivo del debate público.

Empieza a hacer las preguntas correctas.

Y, precisamente por eso, resulta mucho más difícil de manipular.

Porque las sociedades prosperan cuando sus ciudadanos dejan de creer únicamente en las promesas y comienzan a comprender los principios que realmente mueven la economía.

 

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