De Mao pasando por Deng y llegando a Lee : la lección de mirar más allá de las fronteras
Por Max Montilla
Tal vez, para alguno resultará hasta extraño que en vez de enfocarme en la historia del país, busque analizar una historia de uno muy lejano al nuestro, le responderé que en ocasiones hay que levantar la mirada y aprender de otras culturas muy diferente a la tuya y como dice el apóstol Pablo, tomen lo bueno y desechen lo malo.
La historia de China durante el siglo XX ofrece una de las lecciones más poderosas sobre el valor de estudiar las experiencias de otros pueblos. Cuando Mao Zedong llegó al poder en 1949, su visión estuvo profundamente influenciada por la experiencia revolucionaria soviética. Sin embargo, con el paso de las décadas, muchas de las políticas aplicadas bajo su liderazgo produjeron resultados económicos decepcionantes y enormes costos humanos. China logró consolidar su soberanía, pero seguía siendo una nación pobre y aislada.
Durante los años del Gran Salto Adelante y posteriormente la Revolución Cultural, el país intentó transformar su economía mediante campañas ideológicas masivas. La intención era acelerar el desarrollo, pero los resultados demostraron que el entusiasmo político no puede sustituir la experiencia, la productividad y el aprendizaje institucional.
Tras la muerte de Mao en 1976, surgió una nueva generación de dirigentes encabezada por Deng Xiaoping. A diferencia de muchos revolucionarios de su época, Deng entendió que el orgullo nacional no debía impedir aprender de quienes habían tenido éxito. En lugar de encerrarse en dogmas, comenzó a observar atentamente cómo habían prosperado Japón, Corea del Sur y, especialmente, Lee Kuan Yew en Singapur.
Lee Kuan Yew había tomado una pequeña isla sin recursos naturales y la había convertido en una de las economías más eficientes y prósperas del mundo. Su énfasis en la educación, la meritocracia, la disciplina institucional, la seguridad jurídica y la apertura a la inversión extranjera llamó la atención de los dirigentes chinos. Para muchos observadores, Singapur se convirtió en una especie de laboratorio que demostraba que una sociedad asiática podía modernizarse sin copiar completamente los modelos políticos occidentales.
Deng y otros líderes chinos estudiaron cuidadosamente estas experiencias. Delegaciones enteras viajaron al extranjero para observar puertos, fábricas, universidades y sistemas administrativos. La pregunta era sencilla pero revolucionaria: ¿qué están haciendo bien los demás y qué podemos aprender de ellos? Aquella actitud contrastaba con décadas anteriores, cuando muchas ideas extranjeras eran vistas con sospecha.
Las reformas económicas que siguieron transformaron el país. Se crearon zonas económicas especiales, se incentivó la inversión extranjera, se impulsó la producción industrial y se permitió una mayor participación de mecanismos de mercado. Deng resumió su pragmatismo con una frase célebre: “No importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones”. Lo que funcionara para mejorar la vida de la población merecía ser considerado.
Los resultados fueron extraordinarios. En apenas una generación, China pasó de ser una nación relativamente pobre a convertirse en una potencia económica global. Millones de personas salieron de la pobreza y el país desarrolló una capacidad industrial y tecnológica que cambió el equilibrio económico mundial. Buena parte de ese éxito nació de la disposición de aprender de otros, adaptando ideas externas a las necesidades nacionales.
La gran enseñanza es que ningún país progresa creyendo que ya lo sabe todo. Las naciones más exitosas suelen ser aquellas que estudian con humildad la experiencia ajena, identifican lo que funciona y lo adaptan a su realidad. Desde Mao hasta Deng, y desde Pekín hasta Singapur, la historia demuestra que leer la historia de otros países no es un ejercicio académico; puede convertirse en una herramienta decisiva para transformar el futuro de una nación.
如果上帝愿意,回头见 ( Nos vemos luego, Dios mediante)







































