Cicerón y su obra sobre la vejez
Por Max Montilla
¿Por qué escribir sobre esto, si los jóvenes no prestan atención y los mas adultos no les importa lo que sucede? Lo escribo para que quede de prueba y de una satisfacción propia del deber cumplido.
El título real del libro es Cato “maior de senectute liber” y está escrito en forma de un diálogo entre Catón el Viejo con dos jóvenes, Escipión, hijo de Pablo Emilio, y su amigo Lelio.
El ensayo «Sobre la vejez» fue escrito por el famoso orador y filósofo romano Cicerón en el año 44 a.C. El ensayo es una reflexión sobre los beneficios y desafíos de envejecer y ofrece una serie de consejos prácticos sobre cómo envejecer bien.
Cicerón comienza el ensayo destacando que la vejez es una parte natural del ciclo de la vida y que, aunque puede traer consigo algunas limitaciones físicas, también puede ser un tiempo de sabiduría y experiencia acumulada. Él argumenta que la vejez es una oportunidad para reflexionar sobre la vida y para transmitir esa sabiduría a las generaciones más jóvenes.
El autor también aborda algunos de los desafíos específicos de la vejez, como la pérdida de amigos y seres queridos y el deterioro físico. Sin embargo, sostiene que estos desafíos pueden ser superados a través de la perseverancia, la paciencia y el mantenimiento de una actitud positiva.
El autor también hace hincapié en la importancia de mantenerse activo física y mentalmente en la vejez. Él argumenta que la actividad física regular puede ayudar a mantener la salud y la vitalidad, mientras que la actividad mental, como la lectura y la escritura, puede ayudar a mantener la mente aguda y la memoria activa.
En general, «Sobre la vejez» es un ensayo que celebra la vejez como una parte natural y valiosa de la vida, y ofrece una serie de consejos prácticos sobre cómo enfrentar los desafíos que pueden surgir en la vejez.
Catón es una excepción en su época, pues se le representa de ochenta y cuatro años. Los jóvenes se admiran de la intensa actividad desplegada por el octogenario, y éste da sus famosas razones para no renegar de la vejez y aceptarla como una etapa más de la vida, rica en dones y placeres. Que tales dones y placeres son distintos de los que se goza en otras edades es evidente de suyo y a ello se dirigen las reflexiones del libro.
Cuando Cicerón escribe esta obra cuenta sesenta y dos años. No sabe que morirá pronto, a manos de enemigos políticos mendaces, de los que su mordacidad y afilada retórica le granjeó muchos en su vida de hombre público, político, polemista y escritor. Su libro debe ordenarse entre los textos didácticos, aquellos que enseñan a vivir mejor.
Hoy día, sería considerado un libro de auto-ayuda, esos «self-help books» que tienen respuestas para todo y que inspiran tan buenos sentimientos de control a las personas.
Es, auténticamente, un tratado de «gerogogía», como debería llamarse al arte de aprender a envejecer.
El tema central de la obra —o, más bien, uno de los temas centrales— consiste en una refutación ordenada de cuatro motivos por los que la vejez puede parecer miserable.
El primer argumento es que la vejez aparta de las actividades. Catón (Cicerón, a través de Catón) se pregunta de cuáles. Las cosas grandes no se hacen con las fuerzas, la rapidez o la agilidad del cuerpo sino mediante el consejo, la autoridad y la opinión, cosas todas de las que la vejez, lejos de estar huérfana, prodiga en abundancia.
Aunque es verdad que la memoria disminuye, hay ejemplos notables de viejos capaces de recitar pasajes enteros de obras literarias, como Sófocles, cuando convenció a los jueces declamando Edipo en Colona. Otros ancianos, de los que no se escatiman ejemplos, tuvieron la dicha de que sus estudios duraran lo que su misma vida.
Bella manera de decir que estuvieron siempre renovándose y aprendiendo. Sócrates, por ejemplo, empezó a estudiar la lira y el propio Catón la lengua griega en la ancianidad.
La segunda razón para deplorar la vejez es la pérdida de la fuerza física. El argumento de Cicerón, puesto en boca de Catón, es que la vida no debe valorarse por ella. Pero es obvio que decrece.
También es obvio que abundan las enfermedades. Mas éstas ¿no son también propias de los jóvenes? ¿es que alguien está libre de la debilidad y la dolencia? «Hay que hacer frente a la vejez, Lelio y Escipión, y hay que compensar sus defectos con la diligencia. Lo mismo que hay que luchar contra la enfermedad, hay que hacerlo contra la vejez», dice el sabio anciano.
Hay una razón, la tercera, para lamentar volverse viejo, que es tal vez una de las más frecuentemente citadas: la edad proyecta hace perder placeres. En esta parte, el viejo Catón lanza una diatriba contra los placeres. La pasión, alega, nos arrastra a acciones vergonzosas y criminales. Es una suerte que la edad aleje de nosotros lo que es lo más pernicioso de la juventud. «…nada hay tan detestable como el placer, si es verdad que éste, cuando es demasiado grande y prolongado, extingue toda la luz del espíritu». No sólo no hay que reprochar a la vejez que sepa prescindir de los placeres, hay que felicitarla por ello. Una vida virtuosa es garantía de bienestar.
Y agrega algo que suena muy moderno: «Es preciso llevar un control de la salud, hay que practicar ejercicios moderados, hay que tomar la cantidad de comida y bebida conveniente para reponer las fuerzas, no para ahogarlas.
Y no sólo hay que ayudar al cuerpo, sino mucho más a la mente y al espíritu. Pues también estos se extinguen con la vejez, a menos que les vayas echando aceite como a una lamparilla».
La última razón para deplorar la vejez, la proximidad de la muerte, es analizada en De Senectute en un registro que ya se ha convertido en tópico. «Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene un límite para la vida, como para todas las demás cosas».
Si no hay nada después de la muerte, nada debemos temer. Si la muerte es la puerta para vida eterna, debiéramos desearla. Por supuesto, en la época de Cicerón el tema de la longevidad tenía caracteres distintos de la época actual. Hoy no es improbable que una persona promedio, en un país medianamente civilizado, pueda aspirar a una larga vida.
Por ende, desear vivir muy largo no es ambición descabellada. El tema de la calidad de la vida larga es el que ahora nos preocupa y conmueve. La disposición del tiempo libre, el goce del ocio, la satisfacción de las necesidades, todos los duelos, casi diarios, que significa la pérdida de ascendiente y dinero son hoy día más relevantes. Una vida terminada «a su debido tiempo» supone una reflexión filosófica profunda.
Es a esa reflexión a la que alude Daniel Callahan cuando en su libro «Setting Limits» trata de precisar qué es una vida adecuadamente vivida y cuándo es razonable que termine. Conocida es su propuesta de racionar los recursos sanitarios sobre la base de la edad, que ha causado más de alguna ácida polémica.
El libro de Cicerón es un bello monumento al ideal. Ojalá todos pudieran vivir y morir como el sabio tribuno imagina y recomienda.
Ojalá sus recomendaciones fueran leídas y meditadas. Tal vez no a todos convenga el género de vida que allí se describe. Sus páginas destilan una suerte de esperanzada alegría, un útil recuerdo de que siempre hay algo mejor a qué aspirar. Como apología de la vejez, logró el libro su propósito. Pero, como la vejez misma, es una apología de doble faz. Aquello que se celebra también puede ser objeto de preocupación. Lo deleitable es a veces negativo.
La vejez, como la vida misma, siempre aceptará miradas múltiples y contradictorias. Nos leemos en un proximo articulo, Dios mediante.







































