El placer que eleva el alma
Por Max Montilla
Vivimos en una cultura que corre detrás del placer como si fuera la meta final de la existencia. Comer mejor, viajar más, tener más comodidad, más experiencias, más estímulos. Pero conviene detenernos un momento y preguntarnos con honestidad: ¿todo placer nos eleva? ¿O hay placeres que, aunque intensos, nos dejan más vacíos que antes? No todos los placeres son iguales, y ahí está la clave.
Todo ser humano busca placer. Eso no es pecado ni debilidad; es parte de nuestra naturaleza. El problema no es desear disfrutar, sino conformarse con lo superficial. Hay placeres inmediatos que satisfacen el cuerpo, y hay otros que nutren el alma. Confundirlos es como cambiar un banquete por una golosina: ambos son dulces, pero no tienen el mismo peso ni el mismo efecto.
Los placeres físicos son legítimos. Comer, descansar, celebrar, disfrutar de la belleza del mundo… todo eso forma parte de una vida sana. El error está en absolutizarlos. Cuando el cuerpo se convierte en el rey, el alma queda relegada. Y el alma, aunque silenciosa, termina pasando factura. Porque el ser humano no fue creado solo para sentir, sino para trascender.
Braja Goetz plantea una idea profunda: cada nivel de placer corresponde a un nivel diferente del alma. Hay un placer básico, ligado a lo material; otro más elevado, vinculado a las emociones y las relaciones; uno aún mayor relacionado con el propósito y la creatividad; y el más alto, el que brota de la conexión con Dios. Esta jerarquía no es caprichosa, es estructural: somos más que cuerpo, y por eso necesitamos más que estímulos.
El placer de las relaciones significativas, por ejemplo, supera con creces cualquier satisfacción individual. Amar y ser amado, formar una familia, servir a otros, construir comunidad… eso llena de una manera distinta. No es un placer explosivo, pero es sólido. No brilla como fuegos artificiales; es más bien como el sol que sostiene la vida todos los días.
Luego está el placer del sentido. Cuando una persona descubre que su vida tiene propósito —que su trabajo, su vocación, su esfuerzo aportan algo real— experimenta una satisfacción profunda. No depende del aplauso inmediato ni de la comodidad constante. Es el gozo de saber que se está caminando en coherencia con lo que uno está llamado a ser.
Y por encima de todo está el placer espiritual: la conexión con Dios. Este no es un sentimiento superficial, sino una experiencia de alineación interior. Cuando el alma reconoce su Fuente, encuentra descanso. Aquí el placer no es euforia, es plenitud. No es ruido, es paz. Y esa paz sostiene incluso en medio del dolor, algo que ningún placer físico puede lograr.
En definitiva, la vida plena no consiste en eliminar el placer, sino en ordenarlo. Los placeres físicos deben ser escalones, no techos. Deben impulsarnos hacia algo mayor. Cuando el ser humano dirige su búsqueda hacia los niveles más altos —relaciones auténticas, propósito claro y comunión con Dios— descubre que el verdadero placer no esclaviza, sino que libera. Y ahí, sin artificios, comienza una vida verdaderamente satisfactoria.
Nos leemos en otro articulo, Dios mediante.







































