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El Estado de los partidos: cuando la política se encierra en sí misma

Por Max Montilla

 

Manuel García-Pelayo advirtió, hace casi cuatro décadas, que los partidos políticos podían pasar de ser instrumentos de representación a convertirse en dueños del Estado. Su reflexión sigue vigente en medio del desencanto ciudadano con la política.

Manuel García-Pelayo, jurista y pensador español, fue uno de los primeros en diagnosticar el cambio estructural que transformó la democracia moderna. En su obra *El Estado de partidos* (1986), explicó cómo los partidos políticos, creados para canalizar la voluntad del pueblo, terminaron por convertirse en el eje central del sistema político. En su mirada, el poder ya no fluye desde el ciudadano hacia el Estado, sino desde las cúpulas partidarias hacia la sociedad.

El autor no veía esto como un accidente, sino como una consecuencia lógica de la sociedad de masas. En un mundo donde los individuos están cada vez más dispersos, los partidos surgen como intermediarios inevitables entre el Estado y los ciudadanos. Sin embargo, esa mediación trae consigo un peligro: el de que los partidos se conviertan en fines en sí mismos, desplazando el interés general por el interés corporativo.

García-Pelayo observó que los partidos modernos se institucionalizan hasta absorber casi todo el espacio público. Organizan la competencia electoral, distribuyen los recursos del poder y definen los marcos ideológicos. Pero en ese proceso, la política se burocratiza. El ciudadano deja de ser participante para convertirse en espectador, y la política se degrada a simple administración o propaganda.

En su crítica, el pensador no pedía abolir los partidos, sino devolverles su función original: ser mediadores, no amos; representar, no suplantar. La democracia, decía, no puede sobrevivir si el Estado se confunde con los partidos o si estos se convierten en maquinarias cerradas. El verdadero equilibrio político requiere que el poder partidario esté limitado por la ley, la ética pública y la participación ciudadana.

García-Pelayo también advirtió sobre la dimensión moral de esta transformación. Cuando la lealtad al partido sustituye la lealtad a la verdad, la política pierde su esencia. Los líderes se vuelven gestores de intereses más que servidores de principios, y el debate público se convierte en espectáculo. En ese punto, el Estado de los partidos deja de ordenar la vida social para manipularla.

Su análisis no fue un lamento, sino una advertencia: la democracia necesita instituciones, pero también conciencia. Los partidos pueden ser vehículos de pluralidad o instrumentos de control, según la calidad moral de quienes los conducen. La política, en su sentido más alto, es el arte de ordenar la vida colectiva sin sofocarla. Cuando ese arte se sustituye por la lógica del poder, el Estado pierde legitimidad.

Hoy, la reflexión de García-Pelayo resuena con fuerza. En muchos países, los partidos viven desconectados de la sociedad, sostenidos más por la costumbre que por la convicción. El ciudadano común percibe la política como un juego cerrado, lejano y rutinario. El resultado es el desencanto, la abstención y el avance del populismo. El “Estado de partidos” que García-Pelayo describió se ha consolidado, pero sin resolver su crisis moral.

Volver a su pensamiento no es un ejercicio nostálgico, sino una urgencia. Si la política quiere recuperar su credibilidad, debe reencontrarse con su sentido ordenado y ético: servir, representar y unir. Como escribió García-Pelayo, la política solo tiene razón de ser cuando estructura la convivencia en torno al bien común. Lo demás —el cálculo, la estrategia, la lucha por el poder— son apenas sombras de su verdadero propósito.

Nota del autor: Manuel García-Pelayo (1909-1991) fue jurista, politólogo y fundador del Tribunal Constitucional de España. Su obra reflexiona sobre la naturaleza del Estado, la función de la política y la tensión entre libertad y autoridad en las democracias modernas.

Nos leemos en otro articulo, Dios mediante. 

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